LXI. La Salve Rociera.
Atención a esto. En una taberna rociera puede usted sufrir un ejemplo del sincretismo religioso-festivo sevillano. Una de las costumbres locales más desconocidas y que debe procurar no vivir en primera línea.
Para ello nada mejor que comprobar que su mesa no está junto a la pared y, a-la-misma-vez, debajo de un paño de cerámica (cosa localmente llamada azulejo) que muestra a una Virgen pintada junto a palomas y, quizás, ovejas.
Porque entonces, a medianoche sin falta, un grupo en especial exultante y encorbatado le rodeará. Enseguida se apagarán las luces; y entre todos iniciarán una canción, la susodicha Salve, mirando fijamente al azulejo. El dueño/a del local capitanea las operaciones. Hay textos que avanzan la tesis de que quienes abren una taberna rociera tienen como fin principal, no el honesto lucro económico, sino cantar la Salve sin que nadie le haga sombra ni se guasee de su voz destemplada y agorgoritada. Un karaoke místico-pastoril que sale por un pico.
Por supuesto, cuando el líder canoro y gerente del local finalice la Salve y le busque con la mirada, debe el viajero manifestar satisfacción. Un error en este momento resultaría fatal: puede influir en el precio de las gambas de Huelva que usted no pidió (“le voy a servir gloria bendita, déjeme a mí”), ni sabe el importe, porque “están fuera de carta, sólo las traigo si son superiores”.
Por el contrario, si el viajero quiere ser tratado como un emperador, póngase a hacer fotos del momento Salve. Al finalizar ruegue que posen todos juntos. Y finalmente pregunte por los orígenes y el vigoroso presente de esta praxis cultural. Seguro que al despedirse le invitan a hacer El Camino (es decir, recorrer la vía pecuaria que va a El Rocío, no trabajar de peón caminero o estudiar la obra del Opus) el año que viene. Pero se trata de una fórmula ritual, no tome en serio la invitación.
Aunque es de buena educación insistir con vehemencia que el año próximo no se lo pierde.
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